"EL SIGNIFICADO DE ENFERMEDAD Y CURACIÓN EN EL CHAMANISMO Y EN LA MEDICINA MODERNA"
La palabra curar, así como todos sus derivados, son términos vagamente pérfidos en la medicina moderna, en la que curandero es sinónimo de matasanos o
de «evangelista untuoso y charlatán». En realidad, desde el punto de
vista de la ciencia contemporánea, incluso la capacidad natural de un
individuo para curar prácticamente todo trauma mental, corporal y
espiritual recibe escaso reconocimiento en términos de investigación,
así como tampoco se suele otorgar crédito alguno a su propia capacidad
de recuperación. La remisión espontánea de una dolencia se tilda de
anomalía, el efecto placebo supone un fastidio para la investigación y
toda enfermedad que no se ajuste a las estadísticas es groseramente
calificada de diagnóstico erróneo, remisión temporal, o simplemente
histeria. Claramente, la curación no goza de popularidad.
En cualquier caso, ¿qué significa curar o ser curado?
Las
«claves» que uno acepte como representativas de la curación varían
enormemente y son distintas para cada cultura. En las culturas
chamánicas tradicionales, la curación guarda escasa relación con la
remisión de los síntomas físicos. Se refiere más bien a formar un todo o
a armonizar con la comunidad, con el planeta y ciertamente con las
circunstancias privadas de uno mismo. Esto puede ir, o no, acompañado de
la curación física, e incluso cabe que el paciente fallezca, lo que
inspira una enorme desconfianza, evidentemente, entre los observadores
ajenos a dicha tradición. Después de todo, ¿qué clase de curanderos son
esos chamanes, si sus pacientes se mueren? Sin embargo, desde el punto
de vista del chamán, el curso de la vida y la muerte carece de
importancia, ya que no son más que distintas experiencias a lo largo del
continuo de la existencia.
Evidentemente, la actitud chamánica sugiere una definición bastante diferente de curación que
aquella con la que la civilización occidental está primordialmente
familiarizada, es decir la de «regresar a la normalidad», normalidadque
se define culturalmente de acuerdo con unos niveles creados por los
miembros de dicha sociedad. Es oportuno mencionar aquí el siguiente
comentario de un curandero indio: «Con la medicina del hombre blanco,
uno sólo vuelve a ser como antes; con la medicina india, uno puede
llegar a ser incluso mejor».
No
obstante, cabe destacar que el espíritu humano emerge frecuentemente
victorioso, incluso del más atroz de los tratamientos médicos. En esta
cultura, la gente supera creativamente las enfermedades, aprende de
ellas y las trasciende. Y para el terapeuta, la posibilidad de
participar en este viaje con pacientes muy excepcionales y a menudo
gravemente enfermos, supone un gran don y una fuente de sabiduría. Claro
que no todo el mundo es capaz o está dispuesto a hacerlo, y se suele
precisar mucho apoyo para realizar el esfuerzo necesario.
El viaje de autotransformación
Existe
un claro paralelismo entre el viaje de crecimiento personal que
emprenden los que atraviesan una enfermedad de suma gravedad y el viaje
de iniciación del curandero. Ahora estoy convencida de que, para el
curandero, dicho viaje significa un progreso más o menos constante en su
labor simultáneamente alegre y dolorosa de autoconcienciamiento y
autodesarrollo, además de un compromiso con su misión de servicio. En
las sociedades chamánicas tradicionales, se consideraba dicha
transformación como parte imprescindible de la formación del curandero
para el correcto ejercicio de su vocación, mientras que en la medicina
moderna ha sido prácticamente olvidada. No obstante, la senda
tradicional de autodescubrimiento emprendido por los curanderos
indígenas durante su proceso de iniciación, cuenta con un prototipo
moderno que adquiere cada día mayor popularidad. Dicho viaje
transformador no sólo es compatible con la medicina moderna, sino
esencial para ella. La sabiduría de la curación sólo podrá progresar si
se combinan inteligentemente los mejores aspectos de todos los sistemas.
Utilizando
mi experiencia como ejemplo, diré que el viaje de iniciación no tuvo
lugar en preparación para mi trabajo sino a causa del mismo. Además, no
fue una elección consciente, ni siquiera fue el deseo lo que impulsó el
proceso. Existe un proverbio latino que dice «quien vaya por su propia
voluntad, será guiado por los Hados; quien vaya contra su voluntad, será
arrastrado por ellos». La segunda parte es la que mejor describe mi
participación.
Ni
los reconocidos métodos de la ciencia médica ni los principios de la
religión moderna me fueron de gran ayuda para guiar mis pensamientos, mi
investigación, o mi trabajo clínico con pacientes gravemente enfermos.
La confusión, la incertidumbre, el enojo y la frustración provocaron la
necesidad de aprender otras tradiciones culturales como el chamanismo, e
incluso de identificarme con las mismas, ya que sólo éstas parecían
capaces de inyectar cierta sabiduría en áreas de la medicina
esterilizadas por la objetividad.
En
primer lugar parecía que, en interés de la tecnología y del dogma, la
medicina pasaba por alto la esencia de lo que significa ser humano. Los
que padecen enfermedades crónicas y los moribundos, ambos fuera del
alcance de la medicina tal como se conceptualiza en la actualidad, han
sido los que más dolorosamente han sentido dicho olvido.
En
mis primeros años de investigación, yo también presencié sucesos
totalmente inexplicables según los conocimientos que poseemos sobre el
cuerpo humano, o de lo que cabe esperar del tratamiento médico.2 Por
ejemplo, algunos pacientes con cierto tipo de personalidad tenían
mayores probabilidades de vivir más tiempo, después de un diagnóstico de
enfermedad«terminal». Los análisis de sangre de dichos pacientes
revelaban una asombrosa correlación entre los cambios hematológicos y
los resultados de pruebas psicológicas. Era posible predecir
estadísticamente la longevidad, basándose en la visión que tenían dichos
pacientes cancerosos de su propia enfermedad, sus defensas y el
tratamiento.3 Muchos fallecieron cuando no lo preveían las
teorías vigentes. A menudo eran demasiado jóvenes o estaban
excesivamente sanos, o su enfermedad, según los libros de texto, no era
lo suficientemente grave como para causarles un deterioro tan rápido. El
«curso biológico de la enfermedad», frase con la que se intenta
describir el progreso independiente de la misma según su propia
naturaleza, pasó a tener muy poco sentido.
Por
otra parte, comprobé que algunos pacientes a quienes se había
administrado los últimos sacramentos se recuperaban, reincorporándose a
una vida satisfactoria y productiva, También he sido testigo del milagro
de vidas gratificantes bajo las más traumáticas limitaciones físicas y
del milagro de aquellos que avanzan hacia la etapa final de esta vida
con toda conciencia y claridad. En todos los casos, estas curaciones
aparentemente milagrosas podían ser atribuidas a recursos internos
mentales y espirituales. Estos sucesos son excepcionales, pero el hecho
de que ocurran merece estudio y consideración.
El significado de enfermedad en el chamanismo y en la medicina moderna
Toda
enfermedad, esté clasificada por el sistema occidental como mental o
como física, está dotada de unas características verdaderamente
extrañas. Por ejemplo, uno raramente se encuentra con ningún caso
«clásico». Los diagnósticos se realizan de acuerdo con un conjunto de
síntomas semejantes los manifestados por otros individuos y a los que se
ha otorgado un nombre. Dichos diagnósticos son frecuentemente
arbitrarios, pero parecen contentar a la gente. El doctor se alegra de
haber identificado algo y el paciente de que lo que padece sea «real»y
tenga un nombre.
Sin
embargo, la verdad es que cada cuerpo/mente/espíritu parece responder
de un modo único a la vida interior y exterior, estrechándose o
ampliándose por aquí o por allá. Sugiero que, además del sistema
típicamente occidental, existen otras formas de ver la enfermedad, más
adecuadas para la identificación de sus causas. El énfasis chamánico en
los conceptos clave de discordancia, miedo y pérdida del alma es una de esas formas.
Por
ejemplo, los chamanes hace tiempo que reconocieron que la enfermedad es
inevitable si la vida pierde significado y uno olvida la sensación de
pertenencia y de conexión (discordancia). Asimismo, una sensación
crónica de miedo hace que el individuo pierda el amor, la alegría y la
confianza, cimientos básicos de la salud, sin los cuales la propia
fuerza de la vida parece comenzar a retirarse del cuerpo. Las
inferencias de estos diagnósticos chamánicos aparecen desparramadas a lo
largo de este capítulo. Ambas, a su vez, se manifiestan en las
enfermedades identificables en la medicina occidental. Así pues, los
síntomas que, a nuestro entender, representan la enfermedad, puede que
sean simplemente los epifenómenos de problemas mucho más básicos.
La
pérdida del alma, por otra parte, se considera como el diagnóstico más
grave en la nomenclatura chamánica, ya que se cree la causa principal de
la enfermedad y de la muerte. Sin embargo, no se menciona en absoluto
en los libros de medicina occidental moderna. No obstante, cada día está
más claro que lo que los chamanes denominan pérdida del alma, es decir
una lesión en el centro inviolable que es la esencia de la persona, se
manifiesta como desolación, deterioro inmunológico, cáncer y muchas
otras enfermedades de suma gravedad. Esto parece ocurrir después de
algún grave fracaso sentimental, profesional, o algún otro tipo de
ruptura significativa.
El curador herido y la imaginación
Existe
un vínculo invisible de poder entre el curador herido y el curado.
Dicho vínculo constituye la esencia del trabajo del curador. Todo lo
demás, los rituales, instrumentos, las maniobras médicas del cuerpo y
manipulaciones de la mente, son meros recuerdos del proceso divino. Los
chamanes lo saben perfectamente y refuerzan el vínculo con su ritual.
Hay quien lo denomina amor. Emana del deseo de convertir y convertirse
en sano o completo.
Como
seres humanos que avanzamos a trompicones por la senda de la
perfección, hemos invertido nuestra fe en lo que nuestros sentidos nos
indican que es real. En nuestra sociedad es real la cirugía, los
medicamentos y, hasta cierto punto, las vitaminas y la acupuntura. Para
las culturas chamánicas, por otra parte, lo real son los tambores, la
succión de objetos y los cristales. Todo ello tiene cierta energía, a
menudo bastante sutil, que es percibida por los sentidos y, por
consiguiente, determina cierto cambio físico. Sin embargo, además del
poder de los sentidos, los chamanes reconocen el poder de la
imaginación.
El
curador herido, aquel hombre o mujer conocedor del paisaje del reino
espiritual, facilita el momento de la unión entre el curador y el
curado, alcanzando las dimensiones interiores del espíritu con su propia
imaginación. De este modo, mostrándole el camino, el curador ayuda al
curado a recordar lo olvidado.
El chamán que viaja por el mundo del espíritu, conoce a fondo el mundo
de la imaginación, la imaginación genera el más atroz de los dolores,
paraliza y mata con la certeza de un despiadado asesino. Son incontables
los casos de gente que fallece, no a causa de su enfermedad, sino del
miedo. Buscan apoyo, respuestas que les orienten en su viaje a través de
la enfermedad, pero con demasiada frecuencia no las encuentran.
La
imaginación es también el mayor recurso curativo. No hay nada escrito
en la historia de la medicina, ni en los descubrimientos de la ciencia
moderna, que lo contradiga. La información que poseemos sobre la salud y
la enfermedad se debe en mayor grado a los sueños, las visiones y otros
productos de la imaginación, que a cualquier otro fenómeno.
La
asociación íntima, y en realidad inseparable, que existe entre la mente
y el cuerpo, no sólo permite que se realice un diagnóstico exquisito,
sino que se ejerza un control fisiológico. Ningún pensamiento deja de
marcar corporalmente; ninguna señal neuroquímica tiene lugar sin ser
registrada por la mente.
Los
instrumentos destinados a utilizar la imaginación con propósitos
curativos y diagnósticos reciben muchos nombres distintos. Pueden ser
conocidos como hipnosis, trance, meditación, viajes, imaginería, u
oración. Sea cual fuere su nombre, lo que se precisa es modificar el
concienciamiento, para poder oír de un modo intuitivo los mensajes
procedentes del propio complejo cuerpo/mente/espíritu. El cambio permite
una comunicación con una mente universal, un poder superior, un
inconsciente colectivo, o con lo que yazca en el interior: aquello que
da sentido, substancia y orientación a la vida.
La
investigación procedente de numerosos campos perfectamente verosímiles
sugiere que la imaginación puede influir en la actividad de los procesos
corporales, o incluso dirigirla. Puede que esto sólo ocurra con gran
esfuerzo y mucha práctica, y cuando el mensaje es transmitido
repetidamente con suma precisión. Parece ser de una importancia
relativamente insignificante que las imágenes correspondan, según los
libros de texto, a la realidad común. Lo necesario es la precisión de la
dinámica en un sentido sano. Esto exige cierta apreciación de la
realidad biológica y fisiológica, aunque la forma del mensaje dirigido
al cuerpo sea eminentemente simbólica.
Existe,
todavía, otra forma en la que cura la imaginación, consistente en
entrar en un momento en el que se sienta la verdad extática de ser
absoluta y totalmente inseparable de todos los demás aspectos de la
creación. Dicho momento en sí constituye la definición y el propósito de
la curación. En algunos casos desaparecen los problemas físicos y en
otros el paciente fallece. De un modo u otro, en el instante de
conexión, de unión, tiene lugar la curación.
El poder de los símbolos
El
poder curativo de los símbolos externos, ya sean de origen chamánico o
alopático occidental, crece y decrece. Existe un viejo chiste en la
profesión médica, según el cual los medicamentos y las técnicas
quirúrgicas deberían usarse con frecuencia cuando son nuevos, porque
después de cierto tiempo en el mercado pierden su eficacia; es cierto.
Por consiguiente, a nadie deberían asombrarle los espectaculares
descubrimientos que constantemente se dan a conocer como remedios contra
el SIDA y el cáncer, con resultados decepcionantes después de las
primeras pruebas clínicas, la correspondiente turbación de los
investigadores y la frustración del público.
Después
de años de observación de quienes reciben tratamientos convencionales
de medicina occidental y quienes han elegido tratamientos alternativos,
parece factible llegar a la conclusión de que todo puede curar o no
hacerlo. He visto pacientes que se han recuperado después de ser
sometidos a quimioterapia contra el cáncer, que ha estado a punto de
costarles la vida, otros que lo han hecho después de «abrir y cerrar»
(es decir, cirugía exploratoria que ha revelado un estado excesivamente
avanzado de la enfermedad para justificar una extirpación), y a otros
que lo han logrado después de estar a punto de morir de hambre,
siguiendo algún extraño régimen difícilmente tolerable.
La
esposa de un doctor a quien conocí, recibía la mejor atención médica
para un cáncer óseo que la deterioraba progresivamente, hasta que su
oncólogo le sugirió que probara cualquier cosa, porque él ya no podía
ayudarla. Así lo hizo, acudiendo incluso a un vidente, y volvió sin
rastro alguno de la enfermedad. ¡El oncólogo estaba furioso!
Por
otra parte, una mujer que acudió a mí para que la ayudara con técnicas
de imaginería contra el cáncer, se había negado a tomar un medicamento
reductor de estrógeno que le habían recetado para sus tumores, que se
«alimentaban» de estrógeno. En su lugar, había adoptado un tratamiento
que incluía un régimen alimenticio macrobiótico, meditación profunda y
estudios con un gurú, que curaba con colores, además de un adivino que
colgaba un péndulo sobre sus muestras de sangre. Sus tumores se
siguieron desarrollando hasta que por fin se sometió a la medicina
moderna, cuando empezaron a decrecer. Una vez más, todo o nada se cura,
según el poder invertido en el símbolo. Ha llegado sobradamente el
momento de investigar este misterio y con toda probabilidad, el SIDA y
el cáncer nos conducirán penosamente a la verdad.
El papel del curador herido en la actualidad
Si,
como lo he venido sugiriendo, la curación es una decisión personal por
parte del paciente y el poder procede enteramente del interior, ¿cuál es
la función del curador y cómo puede éste evaluar su propio éxito?
Supongo
que con cierta tristeza y sin falsa modestia, debo afirmar que soy
incapaz de forzar una curación. Ni siquiera puedo acceder
consistentemente a mis propios mecanismos curativos. Todos tenemos mucho
que aprender. A fin de cuentas, el «milagro» de la curación, la
solución de los complejos problemas de la enfermedad, tanto física como
mental, tal como los conocemos, así como el punto de la trascendencia,
es algo que debemos definir, buscar y alcanzar individualmente.
Podemos
aprender muchísimo del chamanismo, especialmente respecto a la más
difícil de las lecciones para los que nos dedicamos profesionalmente a
ayudar a los demás: aprender a respetar la singularidad de la senda de
cada individuo. Cabe la posibilidad de que no existan dos enfermedades,
ni su propósito en la vida del paciente, que sean exactamente iguales.
No obstante, emergen ciertas líneas generales. En primer lugar, existen
técnicas respetables y eficaces en todo sistema curativo, tanto el del
chamán como el del médico occidental, trazadas para aliviar el
sufrimiento y facilitar el proceso natural de curación. Pero sea cual
fuere el método de tratamiento, debe utilizarse con compasión y buen
juicio profesional.
Así
pues, en el papel curativo moderno, con todas sus limitaciones, nada le
impide a uno tocar, rezar y facilitar las transiciones. Podemos
compartir el conocimiento que recibimos de nuestros pacientes, de
nuestros colegas y de nuestras mentes inquietas y torturadas, a fin de
facilitar el viaje de autotransformación que hemos emprendido, y en el
que debe basarse nuestra práctica curativa.
En
mis estudios, tanto del paradigma chamánico como del occidental,
coincido con la curandera senneca, Twylah Nitsch, que sugiere que en
dicho viaje existen cuatro orientaciones a las que el curador debe
aspirar:
1)
¿Soy feliz en lo que hago? 2) ¿En qué contribuyo a la confusión? 3)
¿Qué estoy haciendo en pos de la paz y de la satisfacción? 4) ¿Cómo se
me recordará, en la ausencia y en la muerte?
La
primera pregunta hace referencia a lo básicamente apropiado o
inapropiado de la vocación o «llamada» personal del curador: ¿satisface
su profesión las necesidades más profundas de su alma? Sin dicha
satisfacción, como lo han reconocido los chamanes, se sentirán
carcomidos por una sensación de frustración que absorberá
ineludiblemente su energía, conduciéndoles finalmente al fracaso y
posiblemente al desastre. De ahí su importancia primordial.
Las
preguntas segunda y tercera hacen referencia a la capacidad y eficacia
del individuo: ¿puedo ayudar realmente al paciente a alcanzar una mayor
claridad de concienciamiento que le permita aprender las lecciones
necesarias de su enfermedad para lograr paz y plenitud? O, por otra
parte, ¿estoy simplemente aumentando la confusión y el sufrimiento del
paciente? Evidentemente, la respuesta a esta pregunta es también de suma
importancia.
La
cuarta cuestión concierne al juicio de la comunidad: ¿estoy realizando
una contribución lo suficientemente significativa como para que se me
recuerde cuando ya no esté presente? No olvidemos que es el interés de
la comunidad en su conjunto, además del de cada uno de sus miembros, el
que el chamán se compromete a servir. Por consiguiente, es importante
tener en cuenta el juicio de los demás. Además, sin su apoyo,
reconocimiento y aliento, su trabajo como curador carecerá de una
importante fuente de poder.